El culto al cuerpo

Me despierto, me levanto y voy al baño. De pronto me encuentro frente al espejo observándome, viendo si me ha salido alguna imperfección nueva de la que me tenga que ocupar antes de salir a la calle. Es casi como un ritual que llevo haciendo desde el instituto, más o menos desde que fui plenamente conscientes de mi apariencia. Recuerdo que siempre he tenido bastante voluntad sobre mi apariencia. Desde bien pequeño he sido yo quien elegía la ropa que me ponía o el corte de pelo que quería (doy gracias a que mi madre no quisiera repetir el patrón de imposición que mi abuela hizo con ella).

Durante mucho tiempo lo único que me preocupaba era gustarme a mí mismo, o, más bien, que las cosas que eligiera me gustasen, porque creo que ese sentido de la autopercepción para un niño tan pequeño es un poco grande. Con la llegada del instituto, con once años, la cosa cambio: ya no me preocupaba tanto que esas decisiones me gustasen a mí como que no resultasen extrañas para los demás. La primera presión sobre mi cuerpo llegó fue que las reacciones de quienes componían mi entorno no fueran negativas. Afortunadamente todavía me quería demasiado como para que me afectara demasiado. No fue nada que no pudiera manejar en relación a cosas que nunca me había planteado sobre mi cuerpo y a las que les daba la razón o a mi orgullo porque me gustase a mí.

Entrada en la pubertad propiamente dicha la cosa comenzó a complicarse. Ya no solo buscaba que mi apariencia y mi cuerpo no provocaran el rechazo de los otros. También quería agradar, gustar, ir más allá de la simple aceptación. Afortunadamente tenía algunas buenas amistades y relaciones que nunca me hicieron sentirme realmente incómodo con mi cuerpo. Los comentarios negativos sobre él venían de los abusones y siempre he tenido una actitud de no tener miedo frente a ello y menospreciar todo aquello negativo que me decían. Algo en mí siempre supo como plantar cara.

Los problemas comenzaron cuando llegué a la universidad. Recuperé en ciertos aspectos ese sentido de la estética de cuando era pequeño y al interesarme cada vez más por la moda sabía como sacarme mejor partido. Mi apariencia en ese momento era una mezcla de las tendencias para no ser un bicho raro y mi propio estilo. Pero también fue el momento en el que mi actividad sexual comenzó a ser más habitual en mi vida. El rechazo y la aceptación de las personas que me atraían me hacían cuestionarme de verdad mi cuerpo. Los comentarios que me dirigieron con malicia nunca me afectaron, pero los de personas que si me importaban o que apreciaba de algún modo empezaron a resurgir y a pesar cada vez un poco más.

Siempre he sido un chico delgado, mi metabolismo se ha encargado de ello, he estado sano y la comida nunca supuso algo que me hiciera sentir culpable o me provocara algún trastorno. El caso es que mucha gente si que me lo preguntaba, directamente me preguntaban si comía bien o si tenía anorexia. Si así de burros podían llegar a ser, tampoco había la información sobre los trastornos alimenticios de la que disponemos ahora. A eso le sumábamos cada comentario de quienes despertaban mi interés sobre mi cuerpo. Si les gustaba no había ningún problema, pero a la hora de ser rechazado que les pareciera demasiado delgado, con poco músculo o cualquier otra cosa a veces hacía mella.

Afortunadamente Eros comenzó a tener más importancia en mi vida. Recuerdo como en una meditación el Dios me llevó a un templete rodeado de una vegetación exuberante y cubierto de una muselina muy tenue que separaba el interior del exterior. Me recosté en los cojines y Eros se marchó volando. La tibieza del aire, la serenidad, eran algo sumamente agradable. En ese momento ni siquiera me pregunté el porqué de haberme llevado hasta allí, simplemente disfrutaba estando tumbado entre mullidos cojines. Eros volvió y con él traía a un chico flacucho, moreno, con el pelo corto pero lo suficientemente largo para que le cayera sobre los ojos y le tapara las orejas. Estaba desnudo y cuando me quise dar cuenta yo también lo estaba, quizá lo estuve durante todo ese tiempo. El Alado Arquero le empujo levemente para que entrara y se acercara a mí. Me levante y sentí la atracción inmediatamente. Nos fundimos en un beso y nos rendimos a la pasión.

Cuando todo acabó el chico me dio un beso en la mejilla y se fue. Eros volvió y me miraba divertido apoyado en una de las columnas y me pregunto con un tono un poco burlón: «¿Te ha gustado?» Asentí con la cabeza y volvió a preguntar: «¿Y él? ¿Te ha gustado el chico?» Respondí que sí. Replegó sus alas a la espalda o las hizo desparecer, no lo sé, y se estiro como quien se estira al despertarse, pero de una forma grácil. Se sentó a mi lado y volvió a hablar: «Me alegro de que ese chico te gustase. Ahora ya no vas poder poner excusas más que nada porque era una de las imágenes que tu tienes de ti mismo. No era de las peores ni de las mejores, pero si una de las más realistas que hay ahí, en tu cabecita.» Se rió, se que tenía que estar poniendo alguna cara extraña porque no alcanzaba a comprender que estaba pasando. Eros continuó: «Todas esas veces que no te sientes guapo o que piensas que es imposible que esa chica espectacular o el cachas de turno se puedan fijar en ti están solo en tu cabeza. Tu mismo comprendes que te gustan físicamente unos tipos de personas y otros no. Al resto del mundo le pasa exactamente lo mismo. Pero sin la seguridad y sin gustarte tal y como eres nunca podrás experimentar algo como lo que acabas de experimentar aquí hoy.»

Se levanto, extendió las alas ocultando la luz y cuando las replegó un fogonazo me sacó de allí y volvía a estar fuera de la meditación. Lo primero que hice fue ir al baño e ir a mirarme al espejo a encontrar aquellas cosas que me habían gustado de ese chico de la meditación. Lo curioso es que me encontré con que todas esas pequeñas cosas estaban ahí y de algunas de ellas nunca había tenido consciencia. A partir de ahí dejé de tener problemas con mi cuerpo. Sí, había cosas que me seguían sin gustar o que me hubiera gustado cambiar, pero me aceptaba y me quería tal y como era. Los comentarios ajenos dejaron de tener peso mientras yo me gustase a mí mismo.

La fuerza de esa meditación, en mi primer año de universidad, me acompañó durante mucho tiempo, en realidad hasta hace bastante poco. Ahora mi vida se encuentra en un punto donde siento que no tengo el control en muchos aspectos y aquellas viejas heridas todavía no cicatrizaron del todo. La inseguridad con respecto a mi cuerpo, el sentirme feo y poco atractivo volvieron a hacerse presentes otra vez. Sentía que estaba todo demasiado mal, que así no podría gustarle a nadie. Como una pantera esperando por su presa la sombra de todos aquellas obsesiones e inseguridades se abalanzó sobre mí. No me veía capaz de intentar entablar una conversación o una relación con alguien nuevo, ya no por miedo al rechazo, si no porque se pudiera reír de mi. Así de grotesco me he llegado a sentir a sentir algunas veces.

A raíz de un ejercicio dentro de mi formación en wicca correlliana charlé con mi mentor precisamente sobre esto. El mismo me lanzaba esta pregunta: «¿Sino me gusto físicamente y está en mis manos cambiarlo y mejorarlo qué hago?»  Ahí se me presentan dos opciones: cambiar y mejorar en base al estandar que los demás esperan de mí o no cambiar y aceptarme tal y como soy. ¿Cuál es el verdadero reto? Se que yo solo no me podía enfrentar a esa pregunta. Me dirigí al altar, encendí una vela con olor a violetas y en cuanto el aroma impregnó toda la estancia me sumergí en una meditación en busca de Eros.

No tardó en aparecer con su media sonrisa un tanto burlona y su pelo revuelto. Me ofreció su mano y camino guiándome hasta un gran estanque. Alzo la mano y comenzó a llover suávemente. En el agua empezaron a aparecer imágenes de muchas de las personas que en algún momento habían sido mis parejas sentimentales o sexuales, pero justo en momentos en los que me miraban a mí, me acariciaban o me besaban. Eran los recuerdos de haberme sentido deseado. Algo en mi pecho cambió, la presión que había sentido últimamente se relajo un poco. Tan mal no estaría si otros han sentido una atracción por mí. La lluvia paró y con ella las imágenes. Eros se puso en frente de mi y me pregunto: «¿Te gustas? ¿Habría alguna forma en la que te gustarías más? Antes de contestar piensa en que contestarías si ese cuerpo fuera el de otro. Esperaré tu respuesta.» Me dió un beso y me empujo hacia el estanque. Justo cuando caí en él salí de la meditación.

Pasaron algunos días y con ellos mucho tiempo dedicado a pensar a intentar encontrar la respuesta. Al final dí con una solución. Los espejos deforman la realidad en cuanto nos miramos en ellos, pero una fotografía no miente, nuestro cerebro no es capaz de cambiar tanto esa percepción. Me desnudé y empecé a hacerme fotos para poder mirar mi cuerpo desde otros ojos. Ahí encontré la respuesta. Me gusto, pero hay cosas que puedo cambiar en mi cuerpo para gustarme más. Si fuera otra persona y me encontrara conmigo mismo me gustaría, pero si no estuviera tan delgado y tuviera algo más de músculo me gustaría un poco más. Aunque se que en esa respuesta también estaban bastantes comentarios que otros habían hecho sobre mi cuerpo.

Hoy tenía las cosas bastante claras y volví hacia el altar de Eros para encontrarme con él. Me llevó al templete de hace unos años, se sentó a mi lado y esperó a que hablase. Le conté sobre mi percepción de mi mismo y sobre los miedos que tenía sobre como influía la opinión que otros vertían sobre mí. Entonces me cogió de las manos y me dijo: «Eres perfecto y seguirás siendo perfecto cambies como cambies con el tiempo. Cuando tenías una cita te arreglabas para gustarle a esa persona un poco más de lo que harías normalmente. Piensa que ese mismo esfuerzo tienes que dedicartelo a tí mismo. Qué tienes que hacer todo lo posible para que, si fueras otro, no pudieras resistirte de caer en tus propios encantos. ¿Recuerdas aquello que te dijo tu amiga María una vez?» Me quedé mirándole sin saber exactamente a que se refería. Me soltó las manos y me cogió la barbilla como un rompecorazones de película para responderse a sí mismo: «Te dijo que tenías chispa, que aunque no fueras un modelo, tenías encanto. Eres atractivo y eso ni algunos modelos que podrían considerarse perfectos lo tienen. Ahora márchate y quiérete.»

Aún sigo con la sonrisa en la boca. Volver a recuperar esa autoestima que tenía cuando era pequeño de una forma tan mágica no es algo que pase todos los días. Ahora se que no estoy tan mal, que cada rechazo es simplemente un gusto, una opinión, como a quien le gusta el helado de vainilla y a quien no. Pero también se que me gustaría ser de otra forma, hay cosas que no puedo cambiar, pero eso me hace más perfecto y singular. Aún recuerdo escuchar a la cantante Anastacia decir en una entrevista que las cicatrices tras sus operaciones de cáncer de mama la hacían hermosa. Cada una de mis cicatrices, de mis «defectos» me hacen hermoso porque me hacen único e irrepetible. También sé que al igual que me siento orgulloso de mi trabajo cuando hago algo creativo me puedo sentir orgulloso de mi cuerpo y que solo tengo que trabajar un poco para hacerme irresistible. Irresistible para la única persona que realmente importa: yo. Lo tengo un poco más fácil que otros al ser bisexual, siempre puedo hacerme una foto y jugar a que soy otro e intentar ver cuanta atracción podría sentir.

Hoy me prometo quererme y respetarme hasta el fin de mis días. Me prometo trabajar solo para gustarme más a mi mismo y en cuanto piense en hacerlo para gustarle a otros, parar y volver a evaluar la situación. Hoy me lo prometí a mi mismo y a Eros ante su altar. Hoy instauro un culto a mi cuerpo cuyo único devoto voy a ser yo.

 

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